Cuando me da por pensar en el presente y el futuro de esta nuestra profesión publicitaria, me suele venir esa frase mítica de la película El Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. ¿Qué tiene que ver una historia de nobles sicilianos decimonónicos apegados a la poltrona con nuestro vanguardista y ultra moderno sector?
No hay gurú que se precie que no pronostique un inminente cambio de era en el que la publicidad habrá muerto. Si a esa afirmación se le añade un críptico “tal y como hoy la conocemos”, mucho mejor.
No hay medio que pueda considerarse a sí mismo digno de apellidarse “de comunicación” que no publique artículo o pieza informativa hablando de la dispersión de las audiencias, del coco digital y del abismo del “gratis total”.
No hay congreso, jornadas informativas o corrillo formado por publicitarios en la que no se hable de redes sociales, de los “me gusta”, de interactividad, de apps y del omnipresente 2.0. ¿He dicho 2.0? ¿No te has enterado que el 3.0 ya está aquí y que el 4.0 se rumorea que llegará el año que viene?
El Fin del Mundo. El Hombre del Saco, el Coco y los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Todo ello removido, no mezclado. El resultado de este discurso omnipresente es una afirmación que se ha convertido en dogma que todo lo justifica: la publicidad está muy mal.
¿Las agencias están llenas de juniors sin figuras seniors de las que aprender? Es que la publicidad está muy mal. ¿La creatividad que te ofrece tu agencia es un chiste sin gracia? Es que la publicidad está muy mal. ¿El conocimiento publicitario que tiene tu cliente se resume a un master de comercio electrónico? Es que la publicidad está muy mal. ¿Que el típico gurú de la profesión te ha vendido una moto que ni arranca? Es que la publicidad está muy mal. ¿Que los palmarés de los festivales son una sucesión de truchos y piezas huérfanas de ideas? Es que la publicidad está muy mal.
Y como todo está tan mal, todo sigue igual. Las mismas cabezas pensantes que llevaron a sus empresas al abismo las siguen dirigiendo. La profesionalidad, ese valor que a todos nos debería guiar, ni está ni se le espera. Los mismos dogmas trasnochados siguen machacando la creatividad.
En La Querida Publicidad nos gusta demasiado la publicidad como para no luchar contra todo esto. Soñamos con un sector en que agencia y cliente confíen recíprocamente, en el que la creatividad se valore como se merece y en el que el factor humano no esté arrinconado por el económico.
Si conseguimos no cambiar, lo cambiaremos todo.
* Artículo aparecido en el número 409 de El Periódico de la Publicidad.

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