Cada día al levantarnos de la cama e independientemente de la religión que uno profese, si profesa, tendríamos que dar gracias a la vida porque existan personas como Woody Allen.
Personas con el talento insuperable de producir con cierta regularidad verdaderas obras de arte que hacen de la vida un lugar más agradable en el que pasar el tiempo. Personas cuyo peor trabajo queda a años luz de la ramplona y mediocre producción de la gran mayoría de sus colegas.
“Midnight in Paris” es un regalo más que nos hace este señor mayor que bien podría estar dedicando los últimos años de su vida a disfrutar de una estupenda jubilación, en vez de seguir con el increíble ritmo de trabajo de una película anual.
Que a alguien no le guste Allen me parece tan incomprensible como que a alguien no le guste el chocolate, el jamón ibérico o el olor de la lluvia. Una verdadera pena.

Me ha llegado su recomendación por cinco vías diferentes, y todas fiables, así que no hay excusa para perdérsela.
Saludos.